¡Viva Boris Vian!

El 10 de marzo de 1920 nació en Ville-d’Avray, Francia, el pequeño Boris Vian. Hijo de un rentista y una aficionada a la música, a los doce años le fue detectada una afección cardiaca que en este momento no es relevante, pero lo será en un punto de nuestra historia. Por ahora, baste decir que hoy, 10 de marzo de 2020, se cumplen cien años de su nacimiento. Y en este espacio, donde se le reverencia abierta y descaradamente, estamos de fiesta por este centenario.

De Boris Vian se puede escribir mucho. De hecho, se ha escrito. Entre las tantas cosas que se destaca siempre es su cariz polifacético: ingeniero de formación, fue narrador, poeta, ensayista, músico de jazz (trompetista, para más inri), compositor, traductor, cronista, crítico y miembro del Colegio de Patafísica francés, donde ostentaba el grado de sátrapa. Hombre de su tiempo, como se dice, aprovechó los años del París entre y post guerras para forjarse un mito que, como suele ocurrir, ha crecido más después de su muerte y sigue aumentando hasta nuestros días.

Agotar el legado de Bison Ravi (uno de sus pasatiempos favoritos era hacer anagramas con su nombre) es imposible. Y es que pareciera que Vian estaba decidido a encarar el ideal renacentista y dejar su huella en cuanta disciplina se le pusiera enfrente. Quien desee conocer su música, puede echarse un clavado a su perfil en Spotify, donde se pueden encontrar grabaciones originales y versiones de sus temas que han hecho otros artistas a lo largo del tiempo y que siguen apareciendo (por ejemplo, el último lanzamiento es del 20 de enero de 2020: Jazz à Saint-German-Des-Prés, con grabaciones de Vian en vivo). Al igual que su obra literaria, sus composiciones están plagadas de escenarios surreales y absurdos, pero no sólo: mención aparte merece la indispensable «Le déserteur»: con los estragos de la II Guerra Mundial todavía frescos, y con las guerras colonialistas francesas a la orden del día, Boris Vian escribe una carta al presidente en la que le informa que, habiendo recibido la carta para incorporarse a la milicia, ha decidido desertar porque no ha venido al mundo “para matar gente pobre” y añade que si el presidente quiere que alguien done sangre para su causa, entonces que done la suya. Igual de indispensables son las divertidísimas «J’Suis Snob», «Complainte du Progrès» y «Mozart avec nous», así como la melancólica «J’Bois».

La huella de Vian en la música no sólo se ve en sus composiciones o en la recuperación que otros han hecho de ellas, sino en lo que ha inspirado en otros músicos. Apenas dos ejemplos: en 1984 la banda española La Unión lanzó el sencillo «Lobo-hombre», canción mundialmente conocida por todos los cuarentacincuentones de habla hispana y que está inspirada en el cuento homónimo de Vian y que es el título de uno de los libros indispensables del francés. Por otra parte, en 2008 en el músico argentino Andy Chango, trabajando junto con el español Javier Krahe, lanzó el disco Boris Vian, álbum en el que recopila versiones libres — libérrimas, agregaría — de temas clásicos de Ravi, y que incluye una versión en inglés de «Le déserteur» en voz de Andrés Calamaro.

Pero esto es sólo el aspecto musical. El literario es un universo aparte.

La obra literaria de Boris Vian es prolífica, por decirlo de alguna manera. Exploró por igual el cuento, la novela, el ensayo, la poesía, el teatro, la crítica literaria y musical y la crónica. De todo esto, lo que más ha llegado a nuestros días es la narrativa, gracias al rescate que desde hace años ha hecho Tusquets, que incluso cuenta con una Biblioteca Boris Vian. En este rincón se le tiene una reverencia particular a El lobo-hombre, un libro con trece relatos y que es, me parece, la mejor puerta para adentrarse en el universo vianesco. Además del cuento homónimo (una versión invertida del mito del licántropo), incluye relatos geniales como «El amor es ciego» o brutales como «Los perros, el deseo y la muerte». Todos los relatos ofrecen una buena panorámica de los registros narrativos de Vian y de su universo imaginativo.

El lobo-hombre es, ya decía, una puerta de entrada al universo vianesco. ¿Qué hay dentro? De todo y de la mejor manera: hay novelas crudas y que fueron consideradas exageradamente violentas y sexualmente explícitas para su tiempo, como Todos los muertos tienen la misma piel y Escupiré sobre vuestras tumbas, publicadas bajo el seudónimo de Vernon Sullivan y en las que Boris Vian se hizo pasar como mero traductor (al ser descubierto el juego, la crítica parisina fue implacable y prácticamente lo condenó al exilio literario); también están las policiacas Que se mueran los feos y Con las mujeres no hay manera, donde los protagonistas se enfrentan, en la primera, a una banda que busca la eugenesia y en la segunda a una banda de lesbianas; El otoño en Pekín es una novela delirante que no ocurre ni en otoño ni mucho menos en Pekín; El arrancacorazones es una peculiar crítica al psicoanálisis y La hierba roja es una novela donde la melancolía resuena en cada página como cuando alguien pisa las hojas en el piso en otoño. También es posible encontrar por ahí La calle de las arrebatadoras, un compilado de guiones de cine, o los Escritos pornográficos, que es un ensayo sobre… bueno, el título es bastante explícito.

Dejo en este párrafo a una novela que merece mención aparte: La espuma de los días, una historia que puede ser considerada como la historia de amor por excelencia y en la que Vian aprovechó para hacer una venganza personal: cuando su pareja de entonces le fue infiel con el escritor y filósofo Jean Paul Sartre, Bison Ravi no dejó pasar la oportunidad de caricaturizarlo en las páginas y meterlo como personaje de fondo con el nombre de Jan Sol Partre, una engreída figura pública cuya obra es objeto del fetiche de Chick, uno de los protagonistas de la novela. (Confesión de parte: uno a veces se siente así, como Chick, coleccionando aquí y allá cuanto libro — incluso objetos: una vez me encontré la carta de identidad de Vian en una camisa que, por supuesto, dejé de usar para conservarla— se encuentra en su camino, aunque sea un título que ya se tiene pero, ay, ha aparecido en una nueva y bonita y resplandeciente edición.)

En cuanto a la poesía, uno puede encontrarse la versión de No quisiera morir, de Hyperión; o No me gustaría palmarla, una deliciosa edición que combina poesías e ilustraciones editada por Demipage. Ahora bien, si lo que quiere es llevarse el Santo Grial de la poesía vianesca, lo más sensato es irse directo por un ejemplar de Boris Vian. Poesía completa, una preciosa edición bilingüe a cargo de la editorial Renacimiento.

Boris Vian murió el 23 de junio de 1959, en París. Cuando se repasan su obra y el tiempo en que la realizó, cobran otra dimensión los términos prolífica y fugaz. Murió a los 39 años y dejó un legado que seguiremos rastreando por aquí y por allá. Sobre la muerte de Vian, hay dos versiones: la primera, que murió prematuramente debido a la afección cardiaca que se menciona en las primeras líneas de este texto. La segunda, que se murió del coraje: asistió de incógnito al estreno de una adaptación cinematográfica de su novela Escupiré sobre vuestras tumbas y el resultado fue tan malo que Vian murió por el infarto que le provocó la rabieta durante la proyección. Una muerte vianesca, sin duda.

Sirva este post como homenaje a Boris Vian, por el centenario, y como un pretexto para invitarlos a sumergirse en su obra.

¡Viva Boris Vian!

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Patafísico reprobado. Escribo cuentos. Publiqué «Fe de erratas», «Ciudad y otros relatos» y la plaquette «Eutanasia» (Paraíso Perdido, 2018, 2014 y 2013).

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Édgar Velasco

Édgar Velasco

Patafísico reprobado. Escribo cuentos. Publiqué «Fe de erratas», «Ciudad y otros relatos» y la plaquette «Eutanasia» (Paraíso Perdido, 2018, 2014 y 2013).