Y entonces creó un Jardín…

Por lo general, cuando alguien tiene un encuentro con las artes plásticas — es decir, el dibujo, la pintura, el grabado o la escultura — asume un papel contemplativo. Uno se planta frente a la pieza y cualquier reacción ante la obra surge de la observación. Si bien entran en juego muchos factores, me atrevo a asegurar que el papel del espectador es, por decirlo de algún modo, completamente pasivo.

Sin embargo, hay ocasiones en que esta “pasividad” se trastoca y la obra pone al espectador en otro lugar. Tal es el caso de El Jardín del Edén, obra del artista Edward James que se encuentra a unos cuantos kilómetros de Xilitla, San Luis Potosí. Y es que una vez que el visitante atraviesa el umbral de la primera de las construcciones, deja atrás su rol contemplativo para convertirse en protagonista: se integra con la obra y se vuelve un elemento más de un cuadro que cada día — más aún: cada minuto — se transforma y se renueva.

De Edward James se pueden decir muchas cosas, y más en boca de los guías que orientan los pasos de quienes visitan El Jardín. Según la historia, James vivió gran parte de su infancia encerrado entre los barrotes de una cuna, primero, y tras la ventana de su cuarto, después. Un día recibió una herencia y luego ese día se repitió cuatro veces — es decir, recibió cuatro herencias y terminó convertido en millonario. Hombre de viajes, llegó a México y conoció a Plutarco Gastélum, quien se convirtió en su guía por el país y luego en su amigo y finalmente en su albacea. Amante de las plantas, llegó a Xilitla atraído por las orquídeas. Ahí, mientras tomaba un baño en Las Pozas, una nube de mariposas se convertiría en epifanía: decidió construir un jardín y puso manos a la obra: compró terrenos, contrató gente y comenzó la que sería, quizá, la obra más importante de su vida.

Esa es, en términos muy generales, la historia de El jardín. Pero es apenas un preámbulo para todo lo que representa la pieza. Por demás excéntrico — se dice que, al mismo tiempo que estaba obsesionado con la limpieza y mandaba lavar y perfumar los billetes, también gustaba de llevar la ropa manchada por cagarrutas de aves — , Edward James confeccionó un jardín escultórico que nunca habría de ser terminado: si muchas de las piezas lucen en obra negra es porque así fueron concebidas; si otras tantas esculturas están deterioradas o invadidas, es porque para eso fueron construidas: para verse afectadas por los elementos — en este caso, el agua, la humedad y la imparable vegetación de la Huasteca Potosina — ; si El jardín se construyó, fue sólo con la intención de que se venga abajo.

Integrante del movimiento surrealista — del que además fue mecenas, financiando a Salvador Dalí, Leonora Carrington, Luis Buñel, Remedios Varo, René Magritte, entre otros — , Edward James hizo realidad sus sueños, literalmente: cuentan que en más de una ocasión mandó tirar algo ya construido porque al día siguiente se iba a construir lo que soñara esa noche. Diseñaba las piezas de modo que los planos se borraran fácilmente y no quedara registro. Se dedicó a homenejear a sus amigos: en un rincón se pueden apreciar los bigotes de Dalí o representaciones de sus cuadros; también hay piezas para Carrington, etcétera. Hay puertas griegas y mayas, golondrinas y trompas de elefantes y dragones, flores de lis y hojas de piedra, aros del juego de pelota y símbolos masones y arcas, escalones y pasillos y columnas.

El recorrido se interna en la vegetación y las piezas, unas monumentales y otras no tanto, se confunden y se mimetizan con las plantas. Aquí y allá abundan los letreros que invitan a no tocar porque si algo se daña, no es posible arreglarlo: por orden del autor, lo que se caiga, habrá de convertirse en un montón de piedras. Se puede conservar, pero no restaurar. Pareciera que mientras algunos recurren al arte para trascender a través de la obra, James recurrió a la creación para trascender desde la destrucción: llegará un día en que no quede en El Jardín piedra sobre piedra.

He comenzado este texto diciendo que en la obra de James el espectador abandonaba su papel contemplativo para adquirir un rol activo. Y es que, mientras dura la estancia del visitante, éste es un elemento más de esta obra surrealista, una obra que es un cuadro, una pintura en movimiento que se transforma con los cuerpos de quienes avanzan lentamente entre pasillos, escaleras y construcciones.

El clímax de esta participación tiene lugar en lo más profundo del corrido: una pequeña cascada natural sirve como balneario para quienes aprovechan la visita para darse un chapuzón. Ahí, entre el agua que fluye, las piezas labradas, la vegetación y los turistas, es imposible no recordar otro jardín, mucho más antiguo pero no menos delirante: El jardín de las delicias, de El Bosco, que 500 años antes anticipó, digamos, algunas de las ensoñaciones y los ambientes y los trazos que el surrealismo convertiría en vanguardia artística en el siglo XX.

Acompañado por el guía, el recorrido dura aproximadamente una hora y media. Pero la experiencia dentro de El Jardín puede prolongarse por todo el tiempo que guste el visitante, que puede volver a hacer el recorrido para prolongar su estancia dentro del cuadro creado por Edward James.

Aquel que guste visitar la pieza, ha de armarse de paciencia: la espera en la fila para comprar las entradas — que tienen un precio de 100 pesos por persona y los respectivos descuentos a menores, mayores, estudiantes, etcétera — puede llevarse un par de horas en temporada baja, o el doble en temporada alta.

El gobierno de San Luis Potosí busca posicionar ese estado como capital surrealista. Para lograrlo, a El Jardín ha sumado dos museos dedicados a Leonora Carrington, uno en el Centro de las Artes, en la capital, y otro en Xilitla. Y aquí un plus para visitar el segundo: desde ahí se pueden comprar las entradas para El Jardín y así es posible evitar la fila de acceso al llegar.

Pero más importante todavía: puede uno ir preparando la mente para dejar la mera contemplación y participar de manera activa en la pieza de James.

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Patafísico reprobado. Escribo cuentos. Publiqué «Fe de erratas», «Ciudad y otros relatos» y la plaquette «Eutanasia» (Paraíso Perdido, 2018, 2014 y 2013).

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